Y sudé el glitter – El día que nació la magia
Mi primer proveedor no se llamaba Jean-Pierre, ni usaba cuellos altos de tortuga. Se llamaba Don Manuel. Su oficina era un local de tres por tres metros con una cortina de metal que rechinaba como alma en pena. Al fondo, un altar a la Virgen compartía espacio con un calendario de 1998 y una pila de facturas amarillentas.



