El Arte de
ser un NPC
✨
(Y encontrar a Mon Laferte por accidente)

“Hoy toca descanso”, me dije esta mañana frente al espejo con una convicción que me duró exactamente diez minutos. Spoiler: fue la mentira más grande de la semana. Cualquier emprendedor sabe que nuestros días operan en una falla espacio-temporal donde el reloj, por alguna razón, tiene 30 horas y el cerebro nunca apaga la pestaña de “pendientes”.
Mi plan original era absurdamente mundano: ponerme ropa cómoda, ir por un café de especialidad y fingir que era una chica de Pinterest que lee libros frente a una ventana. No había estrategia. Mi armadura consistía en:
- Unos jeans que ya piden tregua
+15 Comodidad+5 Resistencia a caídas
- Una liga de pelo a punto de romperse
+10 Agilidad mental+50% Tensión crítica
- Un gloss que milagrosamente sobrevivía al fondo de mi bolsa
+10% Encanto+5 Supervivencia extrema
Pero el universo tiene un sentido del humor muy particular. Por azares del destino, un desvío, una llamada de último minuto y mi absoluta incapacidad de decirle que no a un plan improvisado, el café se convirtió en un viaje exprés. Dos horas después, en lugar de aire acondicionado y música de fondo, me recibió una pared de humedad a 40 grados. Estaba en el Carnaval de Veracruz.
Ese calor jarocho no es normal; te abraza como una tía efusiva en Navidad y te arruina el alaciado en tres segundos. De pronto, el ambiente era puro caos terrenal. Caminaba esquivando carritos de volovanes, cegada por las espadas de luz neón que vendían en cada esquina, mientras el retumbar de las batucadas hacía vibrar el piso pegajoso del Malecón. El aire olía a una mezcla inconfundible de bloqueador solar barato, cerveza derramada y elote asado. Me sentía como un elfo de Rivendell que accidentalmente tropezó y cayó por un portal directo a una pista de baile masiva.
Yo solo intentaba sobrevivir con mi termo de agua cuando el chisme corrió como pólvora entre la multitud: Mon Laferte estaba ahí.
Mi misión dejó de ser “no derretirme” y se convirtió en la Main Quest. Para lograr acercarme al escenario sin morir aplastada, tuve que activar mi habilidad secreta: el modo NPC (Non-Player Character). La técnica requiere maestría: mirada al vacío, moverte al ritmo exacto de la marea humana y seguir la estela de las señoras con abanico (ellas siempre abren paso). La realidad cruda fue menos cinematográfica. Mi barra de estamina estaba en rojo brillante. Me pisaron tres veces, una botarga me dio un cadaderazo, y casi pierdo la poca dignidad que me quedaba resbalando con un hielo tirado. Pero seguí avanzando en mi sigilo, camuflándome entre vendedores de algodones de azúcar.
Y entonces, llegué al jefe final (pero en versión de luz). Ahí estaba Mon.
Tuve que hacer una pausa para recuperar el aliento. Después de esquivar cables y hacer contacto visual con un guardia de seguridad enorme (que me miró con cara de “¿y esta loca qué hace aquí?”), pero logré posicionarme en un hueco mágico. Le sonreí, levanté la mano con toda la energía que le quedaba a mi cuerpo deshidratado y le grité un “¡Mon, eres arte!” que, por el cansancio, sonó más como un gallo ahogado pidiendo auxilio.
Pero funcionó. Ella volteó. Me miró entre ese mar infinito de gente, soltó una de esas sonrisas que te reinician la vida, y me devolvió el saludo con la mano. Misión cumplida. Mi corazón hizo un screenshot mental y, pacíficamente, colapsó.
Con la adrenalina bajando de golpe, el ruido del carnaval de pronto se volvió abrumador. Necesitaba algo de silencio. Escapé del bullicio, cruzando la avenida y caminé hasta que el asfalto se convirtió en arena.
Me quité los tenis que ya no los aguantaba, y terminé tumbada en una playa semi-oscura, con el dobladillo del pantalón húmedo, la arena pegándose a mis tobillos sudados y el peinado totalmente destruido. A mis espaldas, a un kilómetro de distancia, el eco del reguetón y las trompetas del carnaval seguían sonando como una fiesta de otro mundo. Pero frente a mí, solo estaba la inmensidad negra y rítmica de las olas. El contraste era absoluto. Me sentía como la protagonista de una película en la escena final, justo antes de los créditos.
“Es curioso cómo el océano te hace sentir diminuta e insignificante, pero al mismo tiempo te recuerda que tienes todo el espacio del mundo para expandirte.”
Con la respiración ya tranquila, empecé a hablar en voz alta, dejando que mis palabras compitieran con el sonido de las olas que rompían.
Le conté al mar sobre mis sueños. Le hablé de esa ilusión terca de construir un imperio a mi manera, de las veces que el Síndrome del Impostor me gana, y de los días en los que ser emprendedora se siente como caminar en la neblina sin mapa ni brújula. Le confesé lo cansado que es intentar mantener una “estética perfecta”, “la sonrisa ideal”, “ser siempre la alegre” cuando a veces solo quieres llorar porque un cliente te canceló.
—le dije al infinito. Me quedé en silencio un par de minutos, casi esperando que una ola me respondiera con la gran verdad del universo. Obviamente eso no pasó. Solo me ignoró una gaviota desvelada y un cangrejo pasó de largo evaluando mi falta de glamour. Me reí sola.
Nos obsesionamos tanto con planearlo todo —nuestro feed, nuestras metas de ventas, nuestra rutina milimétrica de las mañanas— que asfixiamos el poder de la serendipia. A veces, el mejor acto de amor propio y de branding personal es soltar el control de la narrativa. Fluir con el caos de un plan improvisado y, al final del día, permitirte sentarte frente a lo inmenso. Aceptar lo pequeñita y ridícula que puedes verte frente al mundo y, aun así, tener la audacia absoluta de gritarle tus sueños más grandes. Porque la magia verdadera rara vez cabe en un itinerario, pero siempre sabe escuchar si te atreves a hablar.




